Editorial de AND – El comunismo vuelve al centro de las preocupaciones públicas del imperialismo

A continuación compartimos una traducción no oficial del Editorial publicado por A Nova Democracia (AND) el 7 de agosto.


En 1982, el archirreaccionario Ronald Reagan, entonces cabecilla del imperialismo yanqui, “profetizó” que el marxismo sería parte de la “pila de cenizas de la historia”. Diez años después, tras la bancarrota de la URSS socialimperialista y revisionista, George H.W. Bush anunció que “el comunismo murió” y que, “por la gracia de Dios”, Estados Unidos había ganado la “Guerra Fría”. Pero ahora, los propios yanquis se ven obligados a admitir la mediocridad de sus adivinos: el 16 de julio, el canalla y necio Marco Rubio se reunió en Washington con representantes de 66 gobiernos, junto oficiales del FBI, del Departamento del Tesoro y de la Casa Blanca, para anunciar la nueva política internacional preventiva contrarrevolucionaria, bajo el mando del imperialismo yanqui, contra el llamado “resurgimiento del terrorismo político de extrema izquierda”, que apunta expresamente a todos los anti-imperialistas y principalmente a los comunistas, presentados como una “amenaza real y transnacional”.

La verdad es que los yanquis estadounidenses jamás creyeron en sus falsas profecías. Al final, fue precisamente entre los gobiernos de Reagan y Bush padre cuando Estados Unidos, en vías de convertirse en superpotencia hegemónica única, se vio obligado a desatar con prisas su ofensiva contrarrevolucionaria general, también bajo su mando, con el objetivo central e inmediato de combatir el movimiento revolucionario en todo el mundo, en especial el Movimiento Comunista Internacional (MCI), tratando al Partido Comunista del Perú (PCP) y a su jefe, el Presidente Gonzalo, como un “poderoso y formidable adversario” y a la guerra revolucionaria en Perú como “el fénix del comunismo”, que pondría de nuevo la causa proletaria en el lugar donde debe estar tras la restauración capitalista en China. Y ahora, 40 años después, el imperialismo yanqui admite otro fracaso.

En este punto, Trump y Rubio están en lo cierto: el movimiento revolucionario “está de vuelta” en el mundo y, en efecto, amenaza los intereses del imperialismo. La ofensiva contrarrevolucionaria general, desatada por el imperialismo a finales de la década de 1980 y que alcanzó su punto álgido a principios de la década de 1990, golpeó duramente al proletariado internacional y a las revoluciones; sin embargo, no consiguió extirparlas, debido a la imposibilidad histórica, ya que no existe una derrota definitiva para el proletariado, sino apenas una transitoria. Las guerras populares persistieron; los Partidos y organizaciones comunistas, atacados por el revisionismo moderno de Khrushchev, Deng Xiaoping y Enver Hoxha, libraron tenaces luchas por su reconstitución, lideradas por las respectivas fracciones rojas del movimiento comunista en sus países, un proceso que aún se está desarrollando; la fundación de la Liga Comunista Internacional (LCI) en 2022 marcó un nuevo paso en la reunificación del movimiento proletario internacional; los pueblos y naciones oprimidos del mundo se han alzado en poderosas tormentas anti-imperialistas, como guerras de resistencia y liberación nacional, sobre todo en Palestina, como también en Afganistán, Irak, Yemen, Irán y tantos otros; la Liga Anti-imperialista Internacional (AIL) ha impulsado una mayor coordinación de las naciones, pueblos y organizaciones que se levantan contra el enemigo común, uniendo crecientemente el movimiento proletario internacional con el movimiento de liberación nacional, acontecimientos que demuestran hercúleos esfuerzos para que el primero asuma, cada vez más, su papel histórico de dirigir al segundo, el cuál es la base de la revolución mundial. Así, los llamados “fuertes vínculos transnacionales” y las “nuevas convergencias” que tanto atemorizan a Washington son la mayor aproximación entre estas dos corrientes de la Revolución Proletaria Mundial.

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Los yanquis concentran sobre todo sus preocupaciones en el llamado “Hemisferio Occidental”, cuyo centro es “su patio trasero”, como denominan a América Latina. No es sin razón: se está convirtiendo rápidamente en el eslabón más débil de la cadena de dominación imperialista. Hay muchos motivos. Algunas de las cuales son: primero, el desarrollo del “factor subjetivo”, como decía el gran Lenin, que es el crecimiento de la conciencia proletaria plasmada en organizaciones revolucionarias; segundo, los crecientes episodios de sublevaciones populares, ya normalizados en el subcontinente, expresando fuerte rebeldía de masas campesinas, como lo atestiguan Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Paraguay y México, por nombrar solo algunos; tercero, los peligros de una sublevación campesina armada que crezca incontrolablemente en la Amazonía, región donde los yanquis temen enfrentar una lucha revolucionaria; cuarto, la existencia de regímenes resistentes a su dominio completo en la región, como Cuba, Nicaragua y, hasta hace poco, Venezuela, lo que rebaja su autoridad; quinto, la creciente pugna interimperialista por la división de las esferas de influencia manifiesta en la presencia de intereses de China y Rusia, sobre todo la primera, en el subcontinente, desafiando la primacía yanqui en la región.

Por este motivo los yanquis colocaron en el centro de su Estrategia de Seguridad Nacional el control más absoluto posible de las Américas; por eso agredieron a la nación venezolana y sometieron a su actual gobierno en lacayo casi colonial; por eso asedian la nación cubana para subvertirla completamente, siendo probablemente el uso de acciones militares en su territorio para fomentar la capitulación de la dirección de su Estado; por eso lanzan sus tropas para controlar al gobierno de Panamá y obligarlo a distanciarse de China; por eso profundizan la presencia de sus tropas, bases y operativos intervencionistas en América Latina, a niveles no vistos en los últimos 60 años, como los que estamos observando en Ecuador, Paraguay y Bolivia. Los yanquis temen que la Revolución Democrática y la lucha armada de liberación envuelvan todo el subcontinente.

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En Brasil, hacia donde los yanquis apuntan como objetivo estratégico, esta política ya tiene objetivos y lacayos bastante concretos. De forma más directa, se centra en sanciones económicas, con el fin de presionar al gobierno demagógico de la falsa izquierda burguesa para que limite su demagogia a la retórica y no la respalde con medidas efectivas, aunque sean cosméticas. No es que el gobierno oportunista actúe, de facto, contra los intereses imperialistas. Pero, en épocas de revolución, los opresores no permiten la más mínima vacilación en los lacayos y demagogos de turno para someterse por completo, como aquella persona que no tolera bromas sobre asuntos serios. Y el asunto serio es mantenerse alineado, es decir, sumiso a Estados Unidos, distanciarse de China, aunque sea gradualmente, someter aún más la economía a los yanquis; así como, someter el aparato del Estado, las fuerzas armadas y auxiliares, el marco jurídico y de inteligencia al control cada vez más directo de las instituciones imperialistas estadounidenses, para que puedan controlar su semicolonia con mano de hierro frente a la competencia y la pugna imperialistas, y frente a los peligros de una sublevación popular.

Además, no es coincidencia que, en Rondônia y otras partes del país, la Policía Militar y otras fuerzas represivas del viejo Estado contra nuestro pueblo en lucha, así como las “redes sociales” de los bolsonaristas de extrema derecha y demás fascistas, ataquen a la Liga de los Campesinos Pobres (LCP) tildándola de “guerrilla”, “organización criminal”, “terrorismo”, de ligada con el narcotráfico y a la “extrema izquierda”, contando también con el coro de elementos de Partidos y grupos de la “izquierda” oportunista, además de arribistas de todo tipo; todos utilizando el mismo lenguaje que Estados Unidos usa para tipificar, criminalizar y reprimir las amenazas existentes en el subcontinente. Se trata de un objetivo estratégico: impedir que la lucha revolucionaria por la tierra, la guerra campesina bajo dirección proletaria, se expanda de modo que sea imposible de controlar, darle un golpe certero a su desarrollo, ya que no pudieron impedir su surgimiento. La verdadera historia del Nuevo Brasil, por lo tanto, ya surge con sus primeras líneas siendo escritas, y en los próximos años y décadas, asistiremos a una contienda histórica de trascendental significado mundial donde se decidirá la suerte de nuestra patria y de la mayoría de las naciones y pueblos del mundo, enfrentadas con el mismo destino sombrío por el que marcha el imperialismo yanqui, su oscura e insondable tumba.

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