Brasil – Editorial de AND: Cómo evitar el regreso del bolsonarismo adoptando posiciones bolsonaristas
A continuación compartimos una traducción no oficial del Editorial publicado por A Nova Democracia el 11 de mayo.
Durante su visita a Washington, Luiz Inácio se reunió con el caníbal Donald Trump en la Casa Blanca. Los monopolios de prensa tratan el encuentro del jefecillo oportunista con el cabecilla yanqui como un capítulo más de la “normalización” diplomática, pero la agenda previa de la reunión lo decía todo: “combate contra las bandas criminales” (tema que, supuestamente, no se trató), aranceles comerciales, Pix, “tierras raras” y minerales críticos. En buen portugués: el imperio dictará, y Luiz Inácio, ávido de mejores condiciones electorales, se las ingeniará para acatar. Están en juego los recursos estratégicos, que son vitales para la contienda de EE.UU. con China, y la vinculación de los aparatos represivos del viejo Estado brasileño a los organismos policiales, aduaneros y de inteligencia de EE.UU. (FBI, CIA, DEA, etc.), con el fin de convertir a las instituciones del viejo Estado brasileño, sobre todo las de represión, en cada vez más vasallas y subordinadas del “Gran Satán”.
Y, para un aspecto de “izquierda” a esa postura entreguista, por supuesto, Luiz Inácio pidió a la entidad nazi-sionista que liberara al activista pro-palestino brasileño Thiago Ávila.
Ahora bien, no es casualidad que el tema central de la reunión se presentara, en la divulgación previa de la agenda, como “combate contra el crimen organizado”, que Trump insiste ahora en clasificar como “narcoterrorismo”. Esa es la clave. Bajo la elegante rúbrica de “cooperación”, presentada como una salida para evitar un mal mayor, el gobierno oportunista abre cada vez más la puerta, que ya está abierta, a la injerencia yanqui en materia policial, militar, aduanera y de inteligencia. No hay retórica de “soberanía” que soporte semejante entreguismo (más aún cuando el mandatario brasileño declara haber tenido “amor a primera vista” por Trump, el promotor del genocidio del pueblo palestino, de las agresiones a Venezuela y a Irán y de la injerencia en nuestro país, en un acto de absoluta humillación nacional). Esto, además, está en plena consonancia con la nueva saña intervencionista del imperialismo yanqui en el subcontinente, expresada en la nueva “Estrategia de Seguridad Nacional” del “Corolario Trump”, es decir, la pretensión de EE.UU. de reafirmar el hemisferio occidental como su patio trasero y establecer, en particular, a América Latina como base estratégica en medio de la debacle para revertir la situación de franco descenso de su hegemonía única vigente en el mundo —para ello, reclutando gobiernos serviles para controlar fronteras, mares, rutas comerciales, migraciones, drogas y recursos estratégicos.
En lo que respecta a las llamadas “bandas”, conviene reiterar, por mucho que todos y todas lo sepan: el “crimen organizado” no es un cuerpo extraño al viejo Estado; está incrustado en él. Armas, drogas, municiones, lavado de dinero y contrabando no atraviesan fronteras, puertos, aeropuertos, cuarteles, comisarías y aduanas por un milagro. Lo hacen porque existen los llamados “agentes públicos”, altos oficiales de la policía y de las Fuerzas Armadas reaccionarias, cúpulas del poder judicial —de las instancias inferiores, intermedias y, sobre todo, de las altas cortes—, políticos de todo tipo, grandes burgueses, terratenientes y toda clase de elementos sórdidos metidos hasta el cuello en este engranaje. En este contexto, el control de los puntos de venta de drogas por parte de grupos armados no es más que el pequeño comercio minorista del gran negocio de un mecanismo multimillonario, cuyos exorbitantes lucros quedan restringidos a aquellos de “sangre azul” que ni siquiera necesitan empuñar armas de fuego para ejercer su poder. Se trata de una obra macabra, en la que los centros de Poder de este viejo sistema de opresión y explotación se lucra de tales esquemas y, al mismo tiempo, los pintan como una gran amenaza para justificar y llevar adelante su enloquecida y sucia guerra contra el pueblo en las favelas y las regiones rurales, lo que resulta en encarcelamientos masivos y en una espiral creciente de más y más violencia y delincuencia. El llamado “narcoterrorismo”, como ya hemos señalado, se encuentra en el propio viejo Estado que dice combatirlo. La “guerra contra las bandas”, por lo tanto, será lo que siempre ha sido la “guerra contra las drogas”: una guerra contra el pueblo pobre. La represión cae sobre las masas; la impunidad sube a las “altas esferas”.
Luiz Inácio lo sabe. Pero su cálculo es electoral, y no le preocupan en absoluto los grandes problemas del País. En eso no es ningún caso original: como regla, así piensan todos los candidatos. En las elecciones de 2026, la “seguridad pública” es uno de los flancos en los que su gobierno más patina ante la población, y es precisamente el terreno que explota la extrema derecha con el objetivo permanente de entorpecer a las masas con demagogia fascistizante. Para disputar votos a los seguidores de Bolsonaro, sin ninguna norma moral o popular, el gobierno oportunista adopta la pauta que estos han impuesto: más represión, más integración policial, más leyes de excepción, más guiños a los órganos yanquis, más sumisión ante los dictados de Washington. Si la extrema derecha gana votos al proponer la supresión de derechos fundamentales y más represión contra los pobres bajo la retórica de que es intransigente con las “bandas”, el oportunismo pretende ganar a la extrema derecha asumiendo precisamente sus métodos y reglas. Cree que, imitando a la extrema derecha, la derrotará, y justifica que es mejor derrotarla identificándose parcialmente con ella, instruyendo a las masas para que se identifiquen con ella y aplicando lo que ella misma aplicaría, que permitir que ella misma venza. La lógica es, como se ve, perturbadora. El oportunismo, así, solo allana el camino para el fascismo, con la excusa de evitarlo. Esto ya lo enseñó el gran jefe de la Humanidad progresista y artífice de la gran derrota del fascismo en la historia, el Gran Stalin, hace 90 años.
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El mismo carácter populista y electoralista se aprecia en el llamamiento “Novo Desenrola Brasil”. El endeudamiento de las familias brasileñas es un cáncer. En marzo, el 80,4 % de ellas estaban endeudadas, mientras que, según datos del Banco Central, las deudas ya representaban el 49,9 % de los ingresos acumulados en 12 meses y casi un tercio (!) de los ingresos mensuales se destinaba a pagos y renegociaciones. Las causas de este endeudamiento tienen raíces profundas, que ningún gobierno se atreve siquiera a tocar, porque, para ello, tendría que dislocar la economía de sus bases semicoloniales y semifeudales; es decir, solo la erradicación de esas bases atendería a los intereses nacionales y del pueblo, lo que solo una revolución popular puede hacer.
Es sabido que, en el caso de las familias, el 30 % de sus ingresos se destina al pago de deudas y que, entre las más pobres, el endeudamiento alcanza el 80 % de su renta; además, de media, el 80 % de las deudas se debe al uso de tarjetas de crédito, y entre el 35 % y el 40 % del presupuesto familiar se gasta en alimentación y vivienda (de media). Esto demuestra que la deuda de las familias, sobre todo de las más pobres, proviene de necesidades básicas financiadas con tarjetas de crédito. Son la pobreza y la supresión de las necesidades básicas, financiadas mediante crédito a intereses estratosféricos, las causas del endeudamiento —y ningún gobierno aborda este problema, porque tocarlo significaría tocar los fabulosos lucros monopolistas del capital comprador-burocrático local y en el máximo lucro del capital financiero imperialista, lo cual está fuera de lugar para un Estado lacayo y un gobierno de igual índole, el cuál es tratado como de “izquierda” por la derecha liberal, la extrema derecha y todo el mundo político oficial, algo asumido por todo el oportunismo y anunciado por los monopolios de la prensa.
Para quienes están interesados en los votos, vale mucho más una medida que no resuelva el problema, pero que aparente mitigarlo al prolongar la agonía, y ese es el “Novo Desenrola”. Para empezar, garantiza la compensación al gran capital por las deudas que ya se habían perdido con dinero estatal, que podría y debería destinarse no a los bancos, sino a los precarios sistemas de salud y educación públicos. A continuación, el político de turno espera ganar votos a costa de la situación, presentándose como “salvador”; luego se repite el endeudamiento: aún mejor, porque es una oportunidad más para que surja el próximo “salvador de las familias” y ganar más y más votos. De hecho, mientras el pueblo se endeuda para comer, pagar el alquiler, la luz, el agua, el gas y los medicamentos, los cuatro mayores bancos que operan en el País sumaron 107.800 millones de reales de beneficio neto en 2025, y el nuevo programa del gobierno oportunista seguirá alegrando al sector bancario.
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En un intento por suavizar su situación, el gobierno trata de vincular el activismo de las organizaciones oportunistas satélites del PT en torno a su candidatura, y el arma elegida en esta ocasión es el Proyecto de Ley que prohíbe la escala de trabajo 6 x 1. Pero no les preocupa ni mucho menos la situación laboral de las masas trabajadoras del proletariado, principalmente de sus amplios estratos más profundos, hasta tal punto que sobre la mesa de negociaciones se encuentra la aberrante norma de que los acuerdos entre “trabajador y empleador” prevalezcan sobre la legislación, la ampliación del “banco de horas”, la disminución de las cargas sociales y una mayor precariedad en las condiciones de contratación de la fuerza de trabajo (jornadas más variables o intermitentes). Lo importante es que salga en los titulares: “El Gobierno pone fin a la escala 6 x 1”, ya que, según la encuesta de AtlasIntel de abril, el 55,7 % desea el fin de esta escala.
La posición clasista respecto a este tema es, en primer lugar, combatir no solo por el fin de la escala 6 a 1, sino contra toda la “reforma laboral” —de la que forma parte—, aprobada por Temer y consagrada por la inacción de este gobierno oportunista, servidor consciente del capital comprador-burocrático y lacayo financiero. Separar la parte (la escala 6 x 1) del todo (la “reforma”) permite a los bomberos de la lucha de clases sacar provecho de la movilización de la clase proletaria y venderla en la mesa de negociaciones de los palacetes, presentando “victorias concretas” que son, en realidad, un juego de ilusionismo, en el que el gobierno entrega con una mano y retira con la otra sin que la víctima lo perciba. Para las fuerzas democráticas y clasistas es preciso movilizar, politizar y organizar a la clase proletaria, tomando como impulso la movilización ya en curso contra la escala 6 a 1, tomando como eje de todo el trabajo de masas su lugar de vivienda, de trabajo y de estudio, y estructurar un gran movimiento para elevar la lucha contra esa escala en particular a un movimiento más amplio, parte por parte, apuntando a la lucha contra las “reformas” de la Seguridad Social y laboral, por su derogación.
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Ciertamente Luiz Inácio entregará lo que sea necesario para ganar capital político electorero. Entrega la “seguridad pública” a los dictados yanquis; entrega al pueblo endeudado a la banca, mientras pretende manipularlo con el fin de la escala 6 x 1 para mantener el mismo grado de precarización del trabajo; entrega cargos, fondos y enmiendas al voraz “centrão”; entrega la agenda represiva a la extrema derecha. Todo ello en medio del fortalecimiento del “centrão”, una derecha fisiológica incrustada en el Congreso de los corruptos que, aun repleta de concesiones, sigue insaciable, exigiendo siempre más. El resultado es el contrario al esperado por el oportunista astuto. Cada concesión a los seguidores de Bolsonaro —¡para sorpresa de nadie!— fortalece a la extrema derecha y a éstos últimos, mientras, bajo los auspicios del cacique Flávio “Rachadinha”, mantienen la ofensiva política y electoral.